Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Entre «Salve, oh Patria, ¡mil veces!, oh Patria», «Nuestro juramento» y «Wonderwall»: cuando la música también es parte del juego

Por: Andrés Mazza

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Por primera vez en un Mundial de Fútbol, se empezaron a reproducir canciones reconocidas de los distintos países que participaron en el torneo. En las previas, en las pausas de hidratación, cuando los jugadores marcaban un gol y después de los partidos. Y no se puede negar que fue una de las mejores ideas que tuvieron los organizadores de la Copa del Mundo, sobre todo, si se consideran ciertos contextos que estaban detrás como: la inmigración, las sedes de la competencia o un regreso que nadie esperaba.

Empiezo por Canadá y Estados Unidos, dos países entre cuyos habitantes hay millones de inmigrantes de todas partes del planeta. Para ellos, el Mundial 2026 no fue solo una oportunidad para ver a los seleccionados de cada uno de sus lugares de origen, sino que también se convirtió en un espacio de reencuentro con un pasado que, para muchas personas, había quedado atrás. Que «Nuestro juramento», en la voz de Julio Jaramillo, resonara en el MetLife, después de que Ecuador venciera a Alemania, encendió todavía más la euforia que sintieron los ecuatorianos.

La misma alegría y fuerza se vieron en los tres partidos de la fase de grupos que disputó la selección ecuatoriana de fútbol en junio, cuando la marea amarilla, que cubrió los estadios de Filadelfia, Kansas City y New Jersey, cantó nuestro himno nacional. Aquí escribo en primera persona, porque tuve la oportunidad de viajar desde Cuenca hacia Kansas City, para ver el partido que jugó Ecuador contra Curazao.

Siendo sincero, antes de que empezara el Mundial, me pregunté qué sentirían los inmigrantes ecuatorianos cuando sonara el himno nacional dentro de un estadio, con su singular inicio y su exaltación a la patria en la primera estrofa. Entonces, como buen periodista —más que buen hincha—, hice un viaje relámpago y pregunté a los compatriotas qué sintieron al volver a entonar el «Salve, oh Patria, ¡mil veces!, oh Patria», durante el primer partido de la selección, frente a Costa de Marfil.

«Es algo que no se puede describir, porque cantar el himno más allá de las fronteras, y con toda la gente, por algo tan emotivo como es un partido de fútbol en un Mundial, es definitivamente algo extraordinario», me dijo Edwin Naulaguari, un cuencano que ha vivido en varias ciudades de Estados Unidos y que acompañó a la Tri en Filadelfia. Horas después, Edwin, que se convirtió en un buen amigo a través del fútbol, me repetiría que no podía creer la cantidad de compatriotas que había llegado para ver el segundo encuentro, frente a Curazao.

Por su parte, cuando le pregunté a Carlos Ruiz qué creía que sentiría al volver a cantar el himno, me señaló su brazo para que viera cómo su piel se erizaba. Carlos, oriundo de Cañar, ha estado en Estados Unidos más de la mitad de su vida. Esa era la primera vez que acudía a ver un partido de la selección. Se lo veía emocionado, no tenía palabras para describir lo que estaba por vivir, por sentir.

Y es que, imaginen a miles y miles de inmigrantes, que muchos años atrás dejaron una vida para armar otra, vestirse de amarillo y entonar con más ganas que nunca algo que no habían escuchado desde que dejaron la escuela o el colegio. Esa sensación es inefable. Y lo digo porque, después, yo también entoné nuestro himno. Primero, se te pone la piel de gallina, por las voces que retumban adentro del estadio. Luego, el orgullo hace que sea imposible no inflar el pecho. El canto se hace grito; es como sentirse en casa, se grita sin entender nada que no sea: «Más que el sol contemplamos lucir».

Ese efecto, creo, también lo sintieron los ingleses, cuando empezó a sonar «Wonderwall», después de que su selección ganara. Aunque no se trata de un himno nacional, su nostalgia también se relaciona con algo que parecía quedó atrás. Para entenderlo, hay que volver al 27 de agosto de 2024. Ese día, Liam y Noel Gallagher anunciaron un suceso que jamás se esperó: el regreso de Oasis. Entonces todo se alborotó, sobre todo, cuando salieron a la venta las entradas de su gira mundial. El número de boletos que se vendieron y el precio que llegaron a tener motivó el aumento de presentaciones en distintos puntos del planeta. Que los hermanos Gallagher se reunieran era como pensar que Cabo Verde llegase a ser campeón del mundo. Y miren: Oasis se reunió en 2025; mientras Cabo Verde, aunque no levantó el trofeo, fue la única selección que puso en verdaderos aprietos a Argentina y España, los que serían los finalistas del Mundial 2026.

Si es que se preguntan por qué entiendo a los ingleses. Tuve la fortuna de comprar una de las entradas del partido entre Panamá e Inglaterra, y pude cantar, entre lágrimas, «Wonderwall», en el MetLife, donde luego se jugaría la final entre Argentina y España. Que suene una de tus canciones favoritas dentro del estadio no tiene explicación. Uno solo alza la cabeza, mira y se pregunta qué está pasando, qué está sintiendo. Estoy seguro de que, después de ver a su selección ganar los partidos, los hinchas ingleses se preguntaron lo mismo que Liam Gallagher, el 16 de agosto de 2025, en Dublín: «Where the fuck would we all be without “Wonderwall”?».

La misma pregunta cabe con «Nuestro juramento». Quizá, mi generación o las más jóvenes no entiendan de verdad lo que puede significar una canción en la voz de Julio Jaramillo. Pero quienes sí lo comprenden son nuestros abuelos, nuestros padres y la generación que se fue a Estados Unidos mientras el país se dolarizaba. Esa melodía, esa letra: silbada, tarareada, cantada en una esquina, con los panas, en medio de la alegría, la tristeza o el desamor, les recuerda un pasado que ya no está y, aun así, por un instante, vuelve. «Nuestro juramento» suena bien si uno está feliz o está triste. Si no, escuchen a la hinchada que, luego de que Ecuador venciera a Alemania, resonó al unísono en el MetLife. En medio de la embriaguez, ya sea por el alcohol o por el furor del resultado, la felicidad se sobrepuso y con eso el Mundial volvió a demostrar que el fútbol une. La música, ya sea en inglés, en español o como himno, también tiene la misma capacidad para permitir dos acciones que se necesitan hoy más que nunca: la libertad y la tolerancia.

Andrés Mazza (Cuenca, Ecuador). Es periodista y fotógrafo. Actualmente, trabaja para el diario El Mercurio.

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