Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

¡Se va a caer, se va a caer! El fútbol será sensible o no será

Por: Erika Torres Mogrovejo

Josimar Dias (izq.), Erling Braut Haaland (centro) y Michael Olise (der.). Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Para una ecuatoriana de fin de siglo, el fútbol era esa cosa extraña e inentendible. No era un tema en sus conversaciones, era un producto más del gran patriarca hegemónico. Las publicidades de Panini, Coca-Cola, Pepsi y Adidas la obligaban a cambiar de canal cada cuatro años desde que tuvo consciencia. A los diez, sus compañeros la abrumaban con las estampitas intercambiables, cuando ella y sus cercanos seguían conmovidos por el atentado contra el Bolillo Gómez. A los quince, sus amigos la saturaban de noticias, fotos, perfumes y todo sobre Cristiano Ronaldo y Messi, mientras discutían quién tenía mejor técnica, mejores pantorrillas, la mejor esposa o los sacos más pesados de dinero. Le angustiaba ver cómo el parque de la esquina se llenaba, cada fin de semana, de señores que imitaban a los grandes astros y que siempre terminaban alcoholizados en la tienda de «la veci», haciendo escándalo innecesario, como dueños de esos entornos recreativos que debían ser seguros y que les correspondía a los chicos del barrio. Nunca se tomó en serio el Mundial de Fútbol, participaba de las transmisiones, hasta que la Tri desaparecía y, luego, se desentendía de todo. El mundo volvía a ser el mismo, la violencia no dejaba de ejercerse, la banalidad retenía todos los deseos y la insensibilidad seguía protagonizando los escenarios de desigualdad.

Esta experiencia cotidiana ilustra cómo se materializan las dinámicas estructurales de género en el tejido social. Precisamente, el concepto de masculinidad hegemónica, formulado por Connell y Messerschmidt (2005), no define una norma estadística, sino un patrón de prácticas orientadas a garantizar la legitimidad del patriarcado y la subordinación de las mujeres. El deporte organizado, lejos de ser un simple juego, emergió históricamente como una respuesta institucionalizada a las crisis de identidad masculina de la modernidad. En este espacio, la masculinidad hegemónica erigió un santuario homosocial diseñado para protegerse ante el temor de una sociedad «feminizada», transformando la competencia en un rito de validación colectiva.

Para sostener esta atmósfera, el sistema opera a través de engranajes (Messner, 1990) que naturalizan la agresividad y la fuerza física, como virtudes inherentes a la hombría. Sin embargo, este mecanismo cobra un precio devastador para sus propios protagonistas: bajo una lógica de rendimiento extremo, se enseña a los futbolistas a deshumanizar sus propios cuerpos. Connell y Messerschmidt (2005) consideran que la alta competencia exige que los varones utilicen sus «cuerpos como armas» contra un oponente objetivado, lo que, en una cruel paradoja, termina por volverse contra ellos mismos, en forma de lesiones crónicas y desgaste prematuro.

No obstante, las masculinidades no son monolitos inmutables, sino configuraciones vivas y sujetas al cambio histórico. Es aquí donde el fútbol contemporáneo se revela como un territorio de tensión y disputa. Algunas figuras han comenzado a agrietar la rigidez de este bloque, mediante el distanciamiento estratégico y la hibridación de sus prácticas, colocando en el centro sus redes de afecto, la ternura y el cuidado, para demostrar que el cuerpo no tiene por qué ser siempre un arma. Es el caso de atletas que intervienen el propio lenguaje del espectáculo deportivo para reivindicar la herencia materna y los saberes comunitarios del cuidado.

Golear con el apellido de mamá

Erling Braut Haaland, ​el futbolista de Noruega, actualmente juega como delantero del Manchester City F. C. Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

El fútbol de alta competencia es un templo diseñado para perpetuar el apellido paterno como marca de éxito y propiedad. Por eso, cuando el delantero noruego Erling Haaland decidió saltar al campo luciendo el Braut de su madre, abrió una grieta en un sistema de herencia profundamente arraigado.

Desde la etimología, el apellido es el signo que nos singulariza (Martínez, 2024). Sin embargo, el patriarcado occidental impuso un orden donde el apellido del padre otorga la visibilidad pública, relegando a las mujeres a una posición de cuidado invisible. Este acto de romper el «Gran Silencio» de la madre cobra fuerza bajo la mirada de Adrienne Rich (1976), quien sostiene que ciertas culturas invisibilizaron a las mujeres bajo la premisa de que la existencia materna tiene como único fin concebir y criar para el linaje del hombre.

En el deporte, esta institución exige que el varón realice una ruptura psicológica violenta con lo materno para validar su virilidad. Haaland se rebela contra esta normativa no solo en su dorsal, sino en su forma de habitar la cancha, donde se muestra vulnerable, ríe de sus errores y abraza a sus compañeros con ternura. Al portar el apellido de su madre, Gry Marita Braut —campeona nacional de heptatlón—, el futbolista rechaza esa ruptura y legitima su herencia en su totalidad. Mientras atribuye su arrolladora potencia física a la genética de Gry Marita y despliega una afectividad blanda en el campo, Haaland demuestra que la herencia materna es la fuente misma de su fortaleza. Su dorsal nos recuerda que el éxito no requiere deshumanizarse y que la fuerza también se hereda en femenino.

Atajar desde la periferia

Vozinha (Josimar José Évora Dias), el futbolista caboverdiano, actualmente juega como arquero del Colo-Colo. Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Mientras Haaland reivindica la herencia materna en el norte global, en África, el fútbol opera de forma aún más restrictiva, domesticando las biografías populares mediante relatos paternalistas de éxito individual. Frente a esto, el andar de Josimar Dias, guardameta de Cabo Verde, desmantela esa ficción: su presencia en la cancha no es un milagro fortuito, sino el fruto de una resistencia colectiva sostenida por redes de afecto femenino.

Llevar Vozinha, ‘abuelita’, en la camiseta es un hondo acto de autodefinición. En territorios cruzados por la exclusión racial, económica y de género, la supervivencia es una tarea extenuante. Allí, como explica Hill Collins (2025), las madres y abuelas emergen como el principal cimiento y sostén, forjando espacios de autonomía indispensables para salvaguardar la vida de los suyos. La abuela y la madre de Josimar asumieron este rol, protegiendo su desarrollo humano y deportivo frente a las carencias del entorno.

Poner este legado en la escena pública constituye un atajo epistemológico de la subalternidad, concepto con el que Lozano (2019) describe la vía de las comunidades para otorgar valor sustancial a los saberes que el capital silencia. No se trata de una resistencia pasiva, sino de una insurgencia que decide priorizar la vida y el afecto por encima del libreto institucional del deporte.

Esta postura adquiere su máxima trascendencia en el escenario del Mundial 2026. Para una pequeña nación, consolidar su presencia en la cita más importante del planeta significó sacudir las jerarquías globales del fútbol. Sin embargo, más allá de la hazaña competitiva, el verdadero hito fue la forma en que Vozinha decidió habitar la vitrina mediática. Frente a las presiones del mercado, declaró su intención de mantenerse en el fútbol profesional, aportando exclusivamente como futbolista y no como un símbolo del capitalismo. Este gesto desprendido dialoga con el feminismo comunitario de Julieta Paredes (Guzmán y Triana, 2019) y los saberes que Lozano asocia con el muntu y la vida digna. Al distanciarse de la soberbia del héroe indispensable, Vozinha demuestra que la ciencia para la vida no busca la acumulación de gloria individual, sino el bienestar de la comunidad.

Vulnerar la vida fuera de la cancha
Sin embargo, el destello de estas grietas no debe eclipsar la norma estructural. Detrás de la pantalla hiperrealista de la televisión y de la construcción mediática de las grandes estrellas, los futbolistas profesionales continúan siendo erigidos como los ídolos morales de nuestro tiempo. Como explican Scheele y Barker (2021), las identidades en el deporte de élite no se construyen en el vacío, sino en un complejo tejido de expectativas sociales, raciales y, fundamentalmente, de poder económico. La industria les exige encajar en un guion implacable de éxito y respetabilidad pública, mientras en la esfera privada se solapan y reproducen las formas más arcaicas de la violencia patriarcal.

La acumulación de causas judiciales y disputas legales por el impago o regateo de pensiones alimenticias por parte de atletas hipercapitalizados expone con crudeza la dimensión estructural de la violencia económica en el deporte. Casos documentados en tribunales —desde el reciente litigio por el impago de la pensión alimenticia de la hija de Michael Olise, hasta procesos judiciales emblemáticos que han involucrado a otras figuras como Kyle Walker o Samuel Eto’o por la retención del sustento de sus hijos e hijas— evidencian lo que López (2017) identifica como la grieta insalvable entre el «modelo a seguir» —reducido al mero rendimiento atlético— y el verdadero «ejemplo moral». En el fútbol contemporáneo, la consagración financiera y el estatus mediático operan frecuentemente como mecanismos de impunidad para el desentendimiento paternal, desplazando todo el costo material, psicológico y emocional de la crianza hacia las madres.

Desde los presupuestos teóricos de González et al. (2019), las deficiencias de afecto, el autoritarismo y la falta de empatía en la formación psicosocial derivan en la edad adulta en manifestaciones sutiles, pero destructivas, de agresión, entre las cuales la evasión de las responsabilidades parentales es una de las más extendidas. En el fútbol, esta va más allá de una simple falta privada o de un hecho aislado de un jugador en particular, es una práctica repetida de violencia económica que precariza de manera directa las redes de afecto y sostenimiento femenino. No puede hablarse de «masculinidades conscientes» o de transformaciones éticas en el deporte, mientras la solvencia económica de sus figuras se utilice para escamotear el sustento de la infancia y sobrecargar a las mujeres que sostienen la vida fuera de los focos.

La reconfiguración de la mirada y el derecho al disfrute

A pesar de la persistencia de esta violencia sistémica, el tablero del juego ha comenzado a fisurarse. La democratización digital y las nuevas formas de habitar los espacios han permitido a colectivos históricamente desplazados —mujeres e infancias— vivir el espectáculo desde un lugar de insubordinación afectiva. Es en este nuevo escenario de visibilidades complejas donde elegí, en absoluta libertad y por primera vez en mi vida digital, pagar mi cuota de atención a las redes. Seguir a Josimar Dias no es una concesión a la banalidad mundana que idolatra el triunfo individual, es un acto de soberanía afectiva gestada en mis entrañas. Es elegir mirar al guardián que lleva a su abuela en la espalda para recordar que, incluso en el corazón de la maquinaria del entretenimiento, sobrevive un saber para la vida que merece ser nombrado y protegido.

Al apagar el televisor, aquella niña ecuatoriana que creció refugiándose del ruido invasivo en sus entornos, comprende finalmente que el monopolio del disfrute ha cambiado de manos. El territorio que parecía un santuario inexpugnable del patriarcado se encuentra hoy atravesado por grietas de luz por donde filtran los afectos, las ausencias que reclaman justicia y las historias que por fin son nombradas.

Si el fútbol fue durante décadas el monólogo rugiente del opresor, hoy empieza a abrirse como un dialecto vivo y en disputa, un espacio donde las redes de sostén femenino y las masculinidades emergentes ensayan sus propias utopías. Hoy sabemos con certeza que sobre el césped verde no solo se disputa una copa de oro durante noventa minutos, sino el derecho sagrado a recordar en comunidad, a resguardar la infancia y a sanar, juntos, el origen mismo de nuestra fuerza.

Referencias bibliográficas

Connell, R. W.; Messerschmidt, J. W. (2005). Masculinidad hegemónica: repensando el concepto. Gender & Society19(6), 829-859.

González, H.; Pelegrín, A.; Almagro, L. (2019). Padres autoritarios e ira en deportistas y practicantes de actividad física [Authoritarian parents and anger levels in athletes and physical practitioners]. Acción Psicológica, 16(2), 57-72.

Guzmán, N.; Triana, D. (2019). Julieta Paredes: hilando el feminismo comunitario. Ciencia Política, 14.28(2019), 23-49.

Hill Collins, P. (2025). Pensamiento feminista negro. U-Tópicas.

López, F. (2017). El deportista como figura moral de nuestro tiempo. En Rivista Internazionale di Diritto ed Etica dello Sport, Compilación especial. Urbe et lus-Universidad de Roma Foro Itálico, 28-45.

Lozano, B. (2019). Aportes a un feminismo negro decolonial. Abya-Yala.

Martínez, J. C. (2024). La imposición de los apellidos en los hijos tiene relevancia en la igualdad de género. Revista Crítica de Derecho Inmobiliario, (805), 2479-2506.

Messner, M. A. (1990). Cuando los cuerpos son armas: masculinidad y violencia en el deporte. Revista Internacional de Sociología del Deporte25(3), 203-220.

Rich, A. (1976). Of Woman Born. Motherhood as Experience and Institution. Norton.

Scheele, J.; Barker, M. J. (2019).  Gender. A graphic guide. Icon Books.

Erika Torres Mogrovejo. Nómada de los Andes que ha culminado el «año maldito» por el que todas las rockstars pasan. Es licenciada en Ciencias de la Educación, con mención en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales. En sus tiempos libres se dedica a armar sendos monólogos sobre la existencia que quedan solo para ella, porque, como buena juliana, es algo reservada. Le gusta escuchar porque así aprende más que cuando habla. Es más lectora que escritora y también viceversa.

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